jueves, 25 de abril de 2013

¿QUÉ TIPO DE “REFUGIO” ES LA AGRICULTURA PARA LOS TRABAJADORES INMIGRANTES EN ESTOS TIEMPOS DE CRISIS? Por ANDRÉS PEDREÑO CÁNOVAS.


Texto publicado en Anuario de Relaciones Laborales 2013 (enlace a índice y presentación) coordinado por Antonio Ferrer y Santos Ruesga y editado por la Unión General de Trabajadores.  


Anuario de relaciones laborales 2013

La agricultura española, y concretamente el subsector de las frutas y hortalizas, ha conocido en las últimas décadas una progresiva globalización de sus productos y en paralelo un proceso de asalarización de su fuerza de trabajo. Esta dinámica se ha venido produciendo en el contexto de la modernización económica de la década de los 80-90 que posibilitó la desactivación de las tradicionales bolsas de jornaleros de la España del Sur y Levante, por su trasvase hacia sectores como la construcción, la hostelería u otros. De tal forma que  fueron los flujos migratorios internacionales los que desde finales de los 80 han venido suministrando el trabajo necesario para la “huerta de Europa”. Es esta fuerza de trabajo aportada por la inmigración la que está en la base del vigoroso desarrollo de las orientaciones agrícolas más innovadoras. De los casi 362.000 peones agrícolas que en 2010 se ocupaban en la geografía agraria española, un 50% o más estaba compuesto por varones y mujeres inmigrantes (según las EPA-2010, en la agricultura española se empleaban 184.500 ocupados extranjeros).
La formación de una agricultura altamente globalizada y salarial se ha venido basando en una acusada dualización de las cualificaciones de trabajo, que es al mismo tiempo una polarización de las condiciones de empleo. Mientras que está experimentando un incremento de las cualificaciones hacia arriba (técnicos, comerciales, maquinistas, etc.), hacia abajo se abre un amplio proceso de desvalorización del trabajo más manual (recolectores, mujeres de almacenes de confección, etc.). Esta lógica está fuertemente etnificada: el 90% de los activos trabajadores cualificados son españoles, mientras apenas el 10% son extranjeros.
Y es que la globalización de la agricultura ha ido a la par de una extrema flexibilidad de las relaciones salariales. Las relaciones laborales en las agriculturas españolas han profundizado la eventualidad e intensificado el trabajo, y se ha constituido un tipo de trabajo de extrema fluidez. Esto ha sido factible mediante la movilización continua en el tiempo de categorías sociolaborales altamente vulnerables en el interior de la organización social del trabajo, principalmente mujeres e inmigrantes.
Desde la vulnerabilidad de sus condiciones de inserción, sin embargo, los trabajadores inmigrantes pusieron en marcha estrategias de progresiva integración social aprovechando los recursos del sistema de protección social y presionando para mejorar sus condiciones laborales. Además muchos pudieron trasvasarse desde la agricultura hacia otros sectores económicos, muy especialmente hacia la pujante actividad de la construcción, como estrategia de fuga de las duras condiciones de trabajo del campo. Esta trayectoria más o menos ascendente se truncó con el advenimiento de la crisis de 2008. El vehículo de la integración social pacientemente tejido durante estos años atrás se resquebraja por todas partes. Los hijos de las familias inmigrantes –excelente termómetro de la integración alcanzada por este colectivo de la clase trabajadora- que con enormes dificultades trataban de avanzar en los itinerarios formativos y educativos (también huyendo del trabajo en el campo) se ven ahora envueltos en la dinámica de sus familias en crisis, optando por abandonar la escuela para formar parte del ejército de precarios, subempleados e informales.
Ciertamente, como no paran de insistir periodistas y empresarios del sector, la agricultura se ha convertido en “un refugio” para muchos trabajadores golpeados por la crisis. Pero esto ha de entenderse con las debidas matizaciones para no incurrir en excesivos triunfalismos. Si observamos las series de la EPA sobre los ocupados en la construcción observaremos rápidamente el tremendo ritmo de destrucción del empleo en el sector de la construcción, con la generación de casi un millón de  desempleados. Y efectivamente la serie de evolución de ocupados en la agricultura nos muestra una evolución positiva del empleo desde el inicio de la crisis. Lo que induce a pensar que ha habido cierto trasvase de ocupación de la construcción a la agricultura. Pero si miramos estas mismas series desagregando el origen nacional concluiremos que este trasvase es más intenso en el caso de los trabajadores extranjeros que experimentan un fuerte crecimiento en la ocupación agraria (de 171.000 en 2008 a 192.000 en 2012), mientras que los trabajadores españoles presentan una evolución más estable con un ligero crecimiento (y eso en el caso de los varones que pasan de los 457.800 ocupados del 2008 a los 462.200 del 2012, mientras que las mujeres decrecen su participación en el mismo periodo pasando de las 171.300 ocupadas agrarias de 2008 a las 157.000 de 2012). Es decir, la agricultura es un refugio, efectivamente, pero étnicamente diferenciado también en términos de género (las mujeres inmigrantes también incrementan su ocupación en la agricultura en la serie: de las 38.200 de 2008 a las 44.100 de 2012).
En definitiva, las fracciones más vulnerables de las clases trabajadoras, esto es, los trabajadores inmigrantes no comunitarios, son los que mayormente están encontrando “un refugio” en la agricultura (pues persiste en términos generales el rechazo al trabajo en un sector donde perduran unas condiciones laborales altamente precarias). Una vulnerabilidad construida socialmente sobre la base de la discriminación como muestra el que los trabajadores inmigrantes están siendo los primeros en ser expulsados del mercado laboral en la actual coyuntura recesiva, con una tasa de desempleo que casi duplica a la de los nacionales. Es el criterio de preferencia nacional aplicado no para emplear sino para desemplear: en 2012, la tasa de desempleo de los extranjeros no comunitarios alcanzaba el 38,6%, mientras que la de los nacionales se situaba en el 23,11%. Algunos estudios regionales han llegado a conclusiones similares, como el Observatorio Permanente Andaluz de las Migraciones: “… efectivamente, la crisis económica originó un proceso de movilidad intersectorial con destino al sector agrícola andaluz. Sin embargo, sus actores no fueron, según los datos disponibles, trabajadores españoles en situación de paro, sino trabajadores extranjeros que habían perdido su empleo … El aludido repliegue de trabajadores hacia el sector agrícola andaluz estaría protagonizado, en gran medida, por un segmento específico de la población inmigrante, como son los varones oriundos de países africanos que residen en España, desde hace varios años” (OPAM, 2011, p. 11).
De tal forma que una vez más, gracias a la coyuntura recesiva, la agricultura salarial cuenta con un ejército de mano de obra disponible, vulnerable y altamente disciplinado. Y como en otros momentos de abultamiento del ejército de reserva, las empresas del sector están encarando las dificultades de la crisis mediante una estrategia de competitividad basada en la reducción de costes laborales. Como muestran numerosas denuncias sindicales y las investigaciones en curso (por ejemplo, en el Proyecto ENCLAVES estamos comparando la realidad del trabajo en tres agriculturas regionales: la horticultura del poniente almeriense, la fruticultura del interior de Murcia y la uva del Vinalopó alicantino) estamos asistiendo a una proliferación de las prácticas de economía sumergida (destajos, ausencia de contrato, no remuneración de las horas extraordinarias, prestamistas informales de mano de obra, etc.), a una intensificación de los ritmos de trabajo y a una generalización de la precariedad laboral en un sector donde siempre persistió la eventualidad como relación contractual básica.

viernes, 5 de abril de 2013

“TRATA DE NIÑAS Y NIÑOS CON FINES DE EXPLOTACIÓN LABORAL EN CONTEXTOS DE MIGRACIÓN” IV ENCUENTRO INTERNACIONAL CONTRA EL TRABAJO INFANTIL EN MÉXICO MÉXICO, 21 DE MARZO DE 2013

Por Kim Sánchez Saldaña

Profesora investigadora de la Facultad de Humanidades, Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Integrante del proyecto I+D+I CSO2011-28511.  
antropkim@gmail.com

 ¿Por qué este tema en el Blog?

La siguiente relatoría introduce el problema de la explotación de trabajo infantil en contextos migratorios, asociada a la movilidad laboral de trabajadores agrícolas en enclaves de producción intensiva en México.
Reflexiones sobre este complejo problema se presentaron en el marco del IV Encuentro Internacional Contra el Trabajo Infantil en México, realizado en Ciudad de México, el 21 de Marzo pasado.
Dicho evento, estaba programado como parte de una serie de reuniones regionales en América Latina, con miras a la III Conferencia Global sobre Trabajo Infantil "Estrategias para Acelerar el Ritmo de Erradicación de las Peores Formas de Trabajo Infantil", que se celebrará en el mes de octubre de 2013, en Brasil. Esta iniciativa ha sido apoyada por la Fundación Telefónica de España y México, con apoyo de la OIT, UNESCO y diferentes gobiernos locales.
A su vez, en esa conferencia del próximo mes de octubre en el cono sur, se presentarán los aportes de Latinoamérica para eliminación del trabajo infantil, así como los retos pendientes para cumplir con la meta propuesta en 2010 (La Haya, Países Bajos). En aquel año, la OIT y los organismos nacionales e internacionales participantes se comprometieron a una “Hoja de ruta para lograr la eliminación de las peores formas de trabajo infantil para 2016”.
Grandes desafíos y amenazantes obstáculos, cuando la propia OIT nos informa que hoy en América Latina 14 millones de niños, de entre 5 y 17 años, trabajan. De esta enorme cifra, se estima que 9,4 millones realizan trabajos peligrosos que amenazan su integridad física y psicológica.
Académicos, miembros de organismos no gubernamentales y de la sociedad civil en general, fuimos convocados, esperando que ese foro amplio, abierto y participativo permitiera denunciar y compartir experiencias sobre prevención y erradicación  del trabajo infantil en México.
Y, en mi caso particular, me interesaba hablar del caso de la explotación laboral y los riesgos en que viven los niños y niñas jornaleros agrícolas en regiones agrícolas, pues ésta es una clara consecuencia social de las nuevas formas de producción intensiva. Incluso, las estimaciones de la propia OIT subestiman la magnitud de esta población afectada en estos espacios rurales, pues por diferentes razones han sido más documentados nichos de trabajo infantil en ámbitos urbanos.
Al pie del surco, corte ejotesTetelilla 2006

La trata de menores en contextos migratorios
Como ya mencionamos, en este IV Encuentro, se incluyó una mesa temática sobre “Trata de niñas, niños y adolescentes con fines de explotación laboral en contextos de migración”. Participamos: Denisse Velásquez, de la Organización Internacional de Migración (OIM), Fernando Bastista, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Maria Antonieta Chávez, del Observatorio Latinoamericano sobre Trata y Tráfico de Personas, Rosi Orozco, de Unidos vs Trata A.C. y Kim Sánchez, investigadora de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
La mayoría de las intervenciones abordaron problemáticas vinculadas con la migración internacional, sobre todo, la que se dirige hacia Estados Unidos. Sin duda, ello se debe a que México es escenario de masivos flujos migratorios por ser un país de origen, destino y tránsito de población migrante mexicana, latinoamericana y de otros países. Y en tales contextos, se presentan una terrible y enorme diversidad de vejaciones y violaciones a los derechos humanos y civiles, en especial de mujeres y niños, que en la legislación internacional son definidas como “trata de personas”<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->. Como parte de esta lacerante realidad, la migración puede presentarse como primer paso de una serie de sucesos que conducen a la explotación, o bien, contribuir a ella. Es decir, la trata puede implicar el desplazamiento forzoso de la víctima (cuando el traslado, la acogida o la recepción de personas tienen como propósito la explotación laboral), o en otro caso, los depredadores que “cazan” a sus víctimas entre migrantes, en tanto miembros de una población vulnerable. Esa explotación puede incluir la prostitución ajena u otras formas de explotación sexual, los trabajos o servicios forzados, la esclavitud o las prácticas análogas a la misma, la servidumbre o la extracción de órganos<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->.
En síntesis, se enfatizó que si bien trata y migración son dos cosas bien distintas, existe una correlación entre ambas, lo que puede ser agudizado por el hecho de que un inmigrante (por lo común internacional) sea indocumentado y/o tenga temor de pedir ayuda a las autoridades locales y/o sean miembros corruptos de los mismos organismos judiciales quienes amenacen o violenten sus derechos.
Ante todo ello, la respuesta de funcionarios gubernamentales, políticos, miembros de organismos internacionales, no gubernamentales, de derechos humanos y sociedad civil en general es contundente: rechazar y denunciar estas actividades, exigir que se superen los vacíos legislativos que limitan su prohibición y la penalización de los culpables, luchar porque se construyan estrategias adecuadas para identificar la trata con fines de explotación laboral y restituir los derechos de niños y niñas.
No cabe duda de la prioridad de tales propósitos en la agenda social de México y el mundo.
Migrantes Cosecha Tomate 2, Totolapan, Mor. 2004

La mano de obra familiar e infantil en los campos agrícolas
Sin desconocer su importancia, empero, es menester reflexionar sobre otro tipo de explotación laboral. Me refiero al trabajo infantil<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]--> en campos agrícolas en México, que se desenvuelve en circunstancias y contextos que propician su invisibilidad social y que, por lo mismo, exigen una atención prioritaria por parte de las instituciones interesadas e involucradas en prevenirlo y erradicarlo.
Es decir, un fenómeno que se enmarca en la movilidad y el empleo temporal de mano de obra familiar, cuya demanda ha surgido de las necesidades fluctuantes de una agricultura comercial moderna y tecnificada, pero que sigue dependiendo de tareas manuales altamente intensivas de trabajo, como por ejemplo, las cosechas.
NIÑOS COSECHA Tomate 2004
A primera vista, no es un caso de Trata de niñas, niños y adolescentes con fines de explotación laboral, pues la “captación” aquí es reclutamiento por contratistas y autoreclutamiento entre parientes y paisanos, el “traslado” no es rapto, sino que está en manos de sistemas de intermediación laboral pagados por las empresas demandantes e incluso algunos son supervisados por programas gubernamentales de la Secretaría de Trabajo<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]-->, y la “acogida” no son casas clandestinas sino las propias empresas o alquilan viviendas temporales. Finalmente, la mayoría de estos niños y niñas no viajan solos, ni viajan contra su voluntad, sino que forman parte de familias que se desplazan por una o más regiones agrícolas en busca de empleo.
Niño en Albergue Atlatlahucan,  2005
Niños y niñas que acompañan a sus padres por largos recorridos, trabajan con frecuencia en los campos agrícolas<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]--> para contribuir al magro ingreso familiar. Otros ayudan a que sus padres y hermanos mayores se dediquen tiempo completo al jornal: preparando los alimentos, lavando ropa y cuidando de los hermanos más pequeños<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]-->. Otros más, simplemente, esperan al pie de los huertos o en los campamentos donde residen temporalmente estos jornaleros, porque no pueden quedarse en sus comunidades nativas mientras sus padres migran.
En tales contextos, niños y niñas jornaleros enfrentan problemas de salud (exposición a plaguicidas, escasez de agua potable, insalubridad en los campamentos, etc.), en su desarrollo (acarrear pesos y mantener posturas forzadas), en su derecho al juego, al tiempo libre, y en el acceso a la educación (jornadas laborales que los agotan y compiten con la posibilidad de que estudien). Es decir, sus opciones son tan voluntarias como los riesgos que han tenido que asumir para asegurar su sobrevida. Campesinos, trabajadores indígenas y mestizos, que tienen pocas o nulas alternativas de empleo e ingresos en sus regiones de origen.
 
Migrantes Cosecha tomate, Totolapan, Mor. 2004
¿Por qué entonces presentar el caso de los niños y niñas jornaleros migrantes en esta temática? Justamente por la invisibilidad social de esa explotación laboral y de la violación de los derechos de niños y niñas, agudizada por su condición migratoria. Es necesario develar su carácter estructural, pues las causales de la mercantilización del trabajo de niños, niñas y adolescentes, están directamente relacionadas con las necesidades económicas de las familias jornaleras, pero, sobre todo debido a las estrategias productivas y de administración laboral de los empleadores que se han beneficiado de esta mano de obra.
En 1998, una encuesta realizada por el Programa Nacional de Jornaleros Agrícolas de la Secretaría de Desarrollo Social (Pronjag/Sedesol), indicaba que en promedio cuatro de cada diez migrantes tenían entre 0 y 14 años de edad (Sánchez Muñohierro, 2002). Asimismo, se registraba que 3 de cada 7 niños y 3 de cada 8 niñas de 6 a 11 años se habían incorporado al trabajo asalariado fuera de su comunidad (Pronjag, 2001: 31)<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]-->.
 
Joven cosechador. Tenex
Adolescente cosecha ejote Tetelilla
 
Una década después, la misma fuente estimaba que cerca de 750 mil de los jornaleros agrícolas eran menores de 15 años, lo que equivalía al 36.6% de dicha población (Rojas, 2013). Por su parte, otras especialistas calculaban que 59.2% de los niños y niñas entre 5 y 17 años de edad, estaban incorporados a las actividades productivas agrícolas (Schmelkes y Ramírez, 2011, citado por Rojas, 2013).
Sin duda, el auge de los cultivos hortofrutícolas en las últimas décadas, sobre todo orientados al mercado externo, ha propiciado el aumento masivo de los flujos de migración laboral interna con destino rural. Asimismo, está ampliamente documentado que estas empresas agrícolas propiciaron la migración familiar, tanto como su inserción grupal en determinados cultivos y labores agrícolas. En el nicho migratorio, estas unidades familiares adecuaron su modo de vida al cambio de vivienda y su entorno, al ritmo de actividad y formas de interacción social, reasignando funciones y responsabilidades entre sus miembros (Sánchez, 2005).
En suma, la presencia de niños y niñas en los campos agrícolas no ha sido una supervivencia de la cultura tradicional o “primitiva” de los hogares rurales de bajos recursos. Por el contrario, la evidencia señala como principales responsables de la explotación laboral infantil a las mismas empresas agrícolas que -consciente o inconscientemente- han permitido, alentado y reproducido el empleo de mano de obra familiar.
Huerta Jonacatepec, corte ejotes 2008

¿Se avanza en desalentar el trabajo infantil en los campos agrícolas?
A pesar de lo expuesto, en nuestros recorridos de campo con frecuencia se escucha que “enganchadores” y contratistas anuncian que está prohibido emplear niños y niñas en labores agrícolas.
Y es que, al parecer, algunas empresas del subsector agroexportador han cambiado el perfil de la mano de obra lo que ha redundado en una reducción de la demanda laboral de niños y niñas. Lamentablemente más que sensibilización frente a la problemática, las empresas se preocupan de salvar su competitividad en el mercado exterior. En efecto, como parte de las reestructuraciones productivas, un dinámico grupo de empresas ha participado en los sistemas de certificación para controlar la inocuidad de los alimentos, mostrar la “responsabilidad social” de sus compañías y/o de “buenas prácticas agrícolas”. 
Cabe mencionar que la prohibición de trabajo infantil ha generado cambios en la organización y composición de diversos flujos migratorios. También hay que advertir que, debido a que los jornaleros no han tenido mejoras salariales significativas, las familias sufren la presión por no contar ya con el aporte económico de los menores en su ingreso, utilizando diferentes medios para contrarrestarlo.
Pero no siempre los empresarios han modificado en los hechos su política laboral y hay denuncias sobre la “clandestinización” del empleo de niños -en complicidad con sus padres-, pues a fin de cuentas es fácil de burlar a los inspectores en medio de los grandes campos agrícolas. Tal como lo han constatado diferentes investigadores (Reyes, 2002; Carrera, 2010, entre muchos otros), se ha seguido empleando mano de obra infantil por varias empresas en las regiones agrícolas. En cambio, en regiones agrícolas orientadas al mercado interno y donde no se preocupan por sistemas de certificación, se continúa ocupando mano de obra familiar en ciertas labores.
 
Mujer con bebe en cosecha
Nuestra presentación no fue la única referencia a los niños y niñas jornaleros en el IV Encuentro Internacional Contra el Trabajo Infantil en México. En diferentes mesas centradas en políticas educativas, pueblos indígenas y otras problemáticas, hubo también acercamientos al trabajo infantil en espacios rurales, en general coincidentes en identificar a las regiones de producción intensiva como principales responsables.
Compartimos también la idea de que, por sobre los intereses privados, el Estado y la sociedad civil deben velar por prever, erradicar y sancionar la explotación laboral de niños y niñas. Al mismo tiempo, coadyuvar a eliminar otras formas de trabajo infantil disimulado, mejorando las condiciones laborales y de vida de la población trabajadora migrante y asentada; es decir, dotando de servicios sociales y oportunidades educativas que permitan ejercer sus derechos como niños y niñas. Pero también es un objetivo imprescindible sensibilizar a los empresarios para que asuman una responsabilidad social efectiva; hay pocas, pero excepcionales experiencias positivas al respecto.
Lo cierto es que revertir esta situación efectivamente, requiere una propuesta integral y, ante todo, la voluntad política del gobierno para apoyar a empleadores y  trabajadores a construir modelos productivos alternativos, eficientes en lo económico y socialmente responsables.
 
Mixtecas cosecha tomate

 Bibliografía

BRIZZIO DE LA HOZ, Araceli (2002), “El trabajo infantil, una exclusión social”, Documento presentado al Foro Invisibilidad y Conciencia: Migración Interna de Niñas y Niños Jornaleros Agrícolas en México, Programa Infancia, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 26 y 27 de Septiembre. http://www.uam.mx/cdi/foroinvisibilidad/
MÁRTINEZ CARRERA, Martha Rocío (2010), ‘No venimos a jugar, venimos a trabajar’. La construcción social del trabajo en los niños jornaleros migrantes de San Miguel Tilquiápam, Oaxaca, Tesis de Maestría en Antropología Social en la ENAH-Chihuahua, México.
Pronjag/Sedesol (1998), Programa Intersectorial de Atención a Jornaleros Agrícolas, México.
Pronjag/Sedesol (2001), Jornaleros Agrícolas, México.
REYES DE LA CRUZ, Virginia, “La niñez jornalera de la Mixteca oaxaqueña”, Documento presentado al Foro: Invisibilidad y Conciencia...
ROJAS-RANGEL, Teresa (2013) “El fracaso de la política educativa para la atención de los hijos de los jornaleros agrícolas migrantes”, Ponencia en el 9º Congreso Nacional de la AMER: Crisis civilizatoria en el México Rural, Guadalajara, Jalisco, México, 5 a 8 de Marzo.
SÁNCHEZ, Kim (2005), “La experiencia de niños y niñas en la migración estacional de jornaleros agrícolas en México”, en Anita Bruner e Diego Piñeiro (coords.), Agricultura latino-americana. Novos arranjos e velhas questoes, Universidade Federal do Rio Grande do Sul, Porto Alegre.
SÁNCHEZ MUÑOHIERRO, Lourdes (2001), "Programa para Contribuir al Ejercicio de los Derechos de Niñas y Niños, Hijos de Jornaleros Agrícolas, y al Desaliento del Trabajo Infantil (Proceder)", Sedesol.
SCHMELKES, Silvia (2002) “Visibilizar para crear conciencia. Los jornaleros Agrícolas en México a la luz de los derechos humanos”, en Foro: Invisibilidad y Conciencia…


<!--[endif]-->
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> El Protocolo para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, especialmente Mujeres y Niños, que complementa la Convención de las Naciones Unidas Contra la Delincuencia Organizada Transnacional,  define la “trata de personas” como: la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación.
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]--> Las fronteras mexicanas -con Guatemala al sur y Estados Unidos al norte-, son escenarios dantescos para la explotación de niños y niñas con fines sexuales, laborales, mendicidad, tráfico de órganos, actividades ilícitas de narcotráfico, y otras de un largo expediente universal de la infamia.
<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]--> Entendemos por trabajo infantil aquellas actividades u ocupaciones para terceros, a quienes se subordinan, y con el objeto de obtener un ingreso en dinero o especie para cubrir necesidades vitales (Brizzio, 2002).
<!--[if !supportFootnotes]-->[4]<!--[endif]--> La Subsecretaria de Trabajo y Previsión Social impulsa, desde el año 2000, el Programa de Movilidad Laboral Interna que subsidia parte del traslado de jornaleros agrícolas de regiones de expulsión a regiones de atracción, de acuerdo a solicitudes de demanda de los empleadores.
<!--[if !supportFootnotes]-->[5]<!--[endif]--> Se utiliza convencionalmente el término “campo agrícola” para referir a la venta de fuerza de trabajo en unidades agrícolas de explotación comercial en calidad de jornaleros o peones, y por lo mismo no debe confundirse con la actividad agropecuaria que se realiza en la parcela familiar.
<!--[if !supportFootnotes]-->[6]<!--[endif]--> Aunque en rigor no constituyen trabajo infantil (Brizzio, 2002), se transforman en un medio adicional para que los empleadores reduzcan el costo de la mano de obra. Es decir, niños y adolescentes “liberan” a sus padres de actividades y tiempo, durante el cual la empresa puede hacer amplio uso de la fuerza de trabajo adulta.
<!--[if !supportFootnotes]-->[7]<!--[endif]--> La Encuesta Nacional a Jornaleros Migrantes 1988 fue aplicada en 23 regiones agrícolas (en diez estados) de alta demanda de mano de obra, en albergues y asentamientos de población migrante atendida por el Pronjag, a una población total estimada de 128,084 personas. El diseño muestral fue estratificado combinado con conglomerados (Pronjag, 2001: 29).

lunes, 25 de marzo de 2013

¿QUÉ PUEDE DECIR UNA INVESTIGACIÓN SOBRE LA SOSTENIBILIDAD SOCIAL DE LOS ENCLAVES DE AGRICULTURA INTENSIVA DE LA ACTUAL CRISIS DE LAS REGIONES DEL SUR DE EUROPA?

Finca de producción de uva de mesa en Cieza (Región de Murcia):
una fábrica racional de producción vegetal.


1.     Sobre la solución exportadora y la “devaluación interna”:
En plena crisis de endedudamiento de los países del Sur de Europa, y con el desempleo de masas abriendo una inmensa fractura social, son muchos los analistas que consideran como salida a esta dramática situación la apuesta por un modelo exportador de desarrollo económico. La endeble competitividad de las economías periféricas europeas como la española, tal y como se argumentará desde la ortodoxia económica, se debe a los elevados costes laborales y la baja productividad del trabajo, por lo que, según este razonamiento, se requieren políticas de contención salarial y de austeridad del gasto público que desincentiven la demanda doméstica y por ende estimulen las exportaciones que dinamizarán de nuevo el tejido productivo y por tanto el empleo. Dado que el precio de los productos no se puede bajar por la vía de la devaluación monetaria (al carecer de control sobre la moneda dada la estructura del euro y del Banco Central europeo), la “devaluación doméstica” (es decir, la contención del gasto público y la bajada de salarios) es presentada como un nuevo consenso en los círculos económicos y políticos para salir de la crisis[i].
La investigación que realizamos sobre el sector agroexportador levantado en las regiones mediterráneas españolas nos permite plantear la reflexión sobre la validez social del modelo exportador y de la “devaluación doméstica” como soluciones a la situación de recesión que vive en estos momentos el Sur de Europa, y concretamente España. Por ejemplo, si observamos el complejo agroalimentario que ha conocido en la Región de Murcia un enorme desarrollo a lo largo de todo el siglo XX, comprobamos el proceso de extraversión experimentado a partir de la década de los 80 en los dos subsectores con mayor presencia en la Región de Murcia. Por un lado, la industria de conserva vegetal (de frutas y hortalizas), que tras el proceso de crisis experimentado a fines de los años 70, con cierre de numerosas empresas, solamente consiguieron superar tal recesión aquellas que impulsaron estrategias de internacionalización, bien estableciendo alianzas con el capital transnacional, bien siendo absorbidas por el mismo. Por otro lado, en la pujante agricultura de producción de hortalizas y frutas en fresco fue adquiriendo protagonismo la fase de confección del producto agrícola para su conversión en producto alimentario (realizada en los denominados “almacenes de manipulado”); transformación productiva que está estrechamente vinculada a la tendencia exportadora cada vez más presente en este subsector alimentario como estrategia de inculcación de mayor valor al producto agrícola, especialmente a partir de la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (1986) y la constitución del Mercado Único Europeo (1993).
No es nuestro objetivo realizar una evaluación de las políticas de devaluación interna como estrategia de salida de la crisis, como tampoco vamos a entrar en una discusión acerca de la naturaleza política y económica de la crisis actual. Lo que queremos rescatar de ese debate sobre las políticas de devaluación interna es que propagan una estrategia de competitividad basada en las exportaciones, en la reducción de salarios y de costes laborales y, sobre todo, en un severo disciplinamiento de la población contribuyendo a construir una mano de obra vulnerable y segmentada sexual y étnicamente. Todas estas características, vamos a sostener, están en la base del desarrollo del sector agroexportador de la Región de Murcia desde hace décadas. En última instancia, la sostenibilidad en el tiempo del tipo de sociedad y de economía implícito en el sector agroexportador es muy cuestionable. Pensamos que abordar estas cuestiones puede ser interesante para pensar críticamente sobre qué quiere decirse cuando se presenta al modelo exportador de la economía como salida a la crisis.

2.     Sobre el desempleo de masas:
El nuevo consenso de la “devaluación doméstica” suele pensar la solución del desempleo liderada por el sector privado de la economía. Por ello, la función del sector público debe reducirse a propiciar las condiciones que estimulen el crecimiento del sector privado (bajar los impuestos, reducir los intereses bancarios) y por tanto la creación de empleo. Sin embargo, desde Marx a Kalecki, pasando por Keynes, sabemos que el desempleo o el pleno empleo es una cuestión eminentemente política. El que “en unos países haya más desempleo que en otros” (G. Therborn) depende del modelo de relaciones sociales, del modelo de desarrollo y, en definitiva, del tipo de políticas que han constituido un determinado territorio.
De nuevo el estudio del sector agroexportador arroja luz sobre esta controversia. Nuestro argumento es el siguiente: el tipo de relaciones sociales movilizado en la economía agroexportador para abaratar los costes laborales se ha sostenido sobre las desigualdades de género, etnia y ciudadanía, las cuales han posibilitado la creación y recreación constante en el tiempo (pero con perfiles diferenciados de composición social de la fuerza de trabajo) de un ejército de mano de obra en la reserva como requisito indispensable para disciplinar la relación salarial y para adaptar la organización social del trabajo a las discontinuidades temporales de un tipo de producción (como la alimentaria) que por mucho que haya avanzado en su industrialización sigue teniendo una composición biológica determinante y por tanto, una dependencia de los ritmos y temporalidades de la naturaleza. En las páginas que dedica Marx en El Capital a las cuadrillas agrícolas proletarizadas en la campiña británica podemos leer: “… el campo, pese a su constante “sobrepoblación relativa”, está a la vez subpoblado. Esto no sólo puede verse con carácter local en puntos donde la afluencia humana hacia las ciudades, minas, ferrocarriles en construcción, etc., se produce con demasiada rapidez, sino en todas partes, tanto durante la cosecha como en primavera o verano, en los muchos momentos en que la agricultura inglesa –muy esmerada e intensiva- requiere brazos extraordinarios. Siempre hay demasiados obreros agrícolas para las necesidades medias de la agricultura y demasiado pocos para las necesidades excepcionales o temporarias de la misma. De ahí que en los documentos oficiales se registren las quejas más contradictorias, procedentes de la misma localidad, respecto a la falta de trabajo y al exceso de trabajo; todo al mismo tiempo”[ii]. En esta cita de Marx se está incidiendo en una dinámica de funcionamiento estructural del sector agroalimentario que fundamenta su producción sobre el trabajo asalariado. Esa alternancia entre los momentos de escasez de mano de obra y de exceso de mano de obra determina una particular gestión del trabajo en las relaciones de producción que requiere de un ejército de reserva de mano de obra.
Este ejército de mano de obra disponible es una construcción política derivada de una determinada opción específica de desarrollo del capitalismo de la periferia europea (promovida históricamente por sus élites económicas y políticas). Esto explica que la eventualidad en las relaciones de trabajo haya sido un hecho constitutivo de los ciclos expansivos de las economías del Sur de Europa (en la Región de Murcia, por empleo, la tasa de eventualidad no descendió por debajo del 40% de la población ocupada en el periodo expansivo entre 1995 y 2005) y que en los ciclos recesivos (como el actual) en estas regiones de secular arraigo de las relaciones eventuales de empleo, el desempleo crezca muy rápidamente hasta alcanzar cifras dramáticas[iii].
En este contexto, efectivamente, plantean los antropólogos Gavin Smith y Susana Narotzky en un estudio sobre la economía política regional de una comarca del sureste español[iv], “la invención de situaciones de crisis y la estimulación de la inseguridad general se convirtieron en medios elementales de regulación social” (p. 23), y así mismo, las densas y extensas redes paternalistas e interpersonales hicieron de la reciprocidad un factor de regulación: “A lo largo del tiempo, los derechos laborales, que se extendían hacia fuera desde la familia inmediata a la familia ampliada, los vecinos, los miembros de la comunidad, etc., se convirtieron en un componente institucionalizado de la vida diaria. Además, estos complejos conjuntos de vínculos también sirvieron para compensar la inestabilidad regional producida en parte por el clima impredecible y en parte por los ciclos comerciales, pero sobre todo por el carácter cambiante de las propias empresas” (p. 22).

Sin ramblas, sin montes y sin vegetación: fabricando el territorio para los cultivos de fruta y uva de mesa en el campo de Cieza (Región de Murcia).

3.     Sobre la construcción de alternativas:
La especialización de territorios en la producción agroexportadora intensiva conlleva intensísimos procesos de racionalización según una lógica de cálculo económico precisa y regular implícita en la implementación de un determinado sistema sociotécnico. En la Región de Murcia, por ejemplo, la reconversión varietal que está teniendo lugar en la última década hacia las exitosas variedades de la uva de mesa sin piñones es al mismo tiempo una reconversión social sobre la base de un progresivo proceso de concentración/centralización de capital. Este proceso no siendo realmente novedoso, sin embargo, se ha acelerado notablemente en las zonas del frutal de hueso y de la uva de mesa con la entrada de nuevas variedades. De tal forma que la gran empresa se erige como actor productivo prácticamente en exclusiva del territorio, lo que conlleva un empobrecimiento en términos de pérdida de la diversidad socioproductiva. Esto supone una limitación de las opciones de desarrollo. Por ejemplo, la estrategia que se está poniendo en marcha en Andalucía de apuesta por la pequeña producción agrícola orientada hacia el mercado local y el alimento de calidad[v], seguramente es inviable en aquellos territorios como los estudiados en ENCLAVES debido a la pérdida de sociodiversidad productiva derivada de la instauración de una determinada norma racional de competividad.



[i] Para una presentación de este “nuevo consenso”, véase los artículos periodísticos del Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona en el diario especializado Cinco Días (http://www.cincodias.com/columna/Josep-Oliver-Alonso/62/). Para una argumentación crítica del “nuevo consenso”, véase los textos del también Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, el profesor Vicenç Navarro (http://www.vnavarro.org/).

[ii] En K. Marx, El Capital, Siglo XXI Editores de España, Madrid, 1980/e.o. 1867, pp. 867-868.

[iii] Según Eurostat, las regiones españolas de Canarias, Andalucía, Ceuta, Melilla, Murcia, Comunidad Valenciana, Extremadura y Castilla La Mancha, y los departamentos franceses de ultramar de Reunión, Guadalupe, Guayana y Martinica registraron en 2010 los mayores niveles de desempleo de toda la UE. En concreto, el departamento francés de ultramar de Reunión registró la mayor tasa de paro, con un 28,9%, seguido de las regiones españolas de Canarias (28,7%), Andalucía (28%) y Ceuta (24,1%), mientras que Melilla (23,7%), Murcia (23,4%), Comunidad Valenciana (23,3%) y Extremadura (23%) ocuparon de la sexta a la novena posición, y Castilla La Mancha (21%) compartió el décimo lugar con las francesas Guayana y Martinica.

[iv] Narotzky y Smith (2010): Luchas inmediatas. Gente, poder y espacio en la España rural, Publicaciones Universitat de Valencia.
[v] Según podemos leer en las Crónicas andaluzas publicadas en Rebelión por Manuel Rodríguez Guillen: “el Consejero de Turismo y Comercio, Rafael Rodríguez, ha puesto en marcha un Canal Público de Comercialización de los Productos Agrarios Andaluces. Esta iniciativa, que apuesta de manera clara y nítida por la economía productiva en Andalucía, evitará la concentración progresiva de las tierras ya que los pequeños campesinos obtendrán precios justos por sus productos. “Luchamos contra el dumping comercial de las grandes multinacionales de la alimentación que colocan productos extranjeros a precio de risa en nuestra tierra con el objetivo de acabar con nuestra agricultura y tener luego vía libre para monopolizar el sector” declaró el Consejero que apostó por una campaña en Canal Sur de concienciación para que la gente comprenda que la soberanía alimentaria es hoy por hoy una medida capaz de sacar a Andalucía del desierto industrial a la que está sometida.
“Apostamos con esta medida y con otras similares por el desarrollo de Andalucía y desde luego no vamos a permanecer impasibles viendo el sufrimiento de la gente, si en Andalucía no hay empresarios que arriesguen en la industria agroalimentaria seremos nosotros desde la Junta de Andalucía los que impulsemos con empresas públicas y mixtas la agroindustria y la industria de la ganadería y la pesca que hoy por hoy puede crear miles de puestos de trabajo a muy corto plazo solamente para atender el comercio interior andaluz”. “No necesitamos exportar para impulsar la agroindustria ya que somos casi nueve millones de personas las que actualmente nos alimentamos de productos que en su mayor parte no se cultivan ni se transforman en Andalucía y es la base de un mercado que mueve más de nueve mil millones de euros al año” ha asegurado el consejero”(en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=165423).


lunes, 4 de marzo de 2013

DIARIO DE CAMPO REGIÓN DE MURCIA (1). VISITA ETNOGRÁFICA A ABARÁN: DE TERTULIA CASUAL EN EL BAR “EL CONGRESO” O DE CÓMO LA REALIZACIÓN DE ENTREVISTAS ES UN PROCESO SOCIAL


Alvin W. Gouldner y Maurice R. Stein (1954) en sus “procedimientos en el trabajo de campo” en su conocida investigación sobre la empresa minera que sustenta empíricamente el libro sobre los modelos de la burocracia industrial (véase traducción en revista Sociología del Trabajo, nº 71, 2010) escriben algo que empezamos a suscribir plenamente en nuestro trabajo de campo entre las mujeres de los almacenes agrícolas de Abarán: “En todo momento fuimos conscientes de que conseguir entrevistados era un proceso social, que tenía lugar en un marco social que podía perjudicarnos o ayudarnos” (p. 152). En esta nota del Diario de Campo se van explicitando las condiciones sociales de posibilidad de las entrevistas de nuestro trabajo de campo que conviene tener presentes reflexivamente…

“Buenas tardes” –dice Toni mientras sube al coche. “Qué calor, ¿no?” –responde Elena a modo de saludo. Son las cuatro de la tarde y, a pesar de estar a finales de enero, el termómetro marca 27 grados. Nos dirigimos a Abarán, donde tenemos previsto encontrarnos con Pura[1], la que será nuestra primera trabajadora de almacén entrevistada. La campaña de uva de mesa terminó en Navidad y solamente en estas fechas post-trabajo disponen estas mujeres de tiempo para atendernos. Pura está a punto de cumplir sesenta años y nos interesa hablar con ella porque lleva toda la vida trabajando en la agricultura, principalmente en un almacén de manipulado, lo que la convierte en una informante atrayente con la que aprender sobre los cambios en los procesos productivos, en la organización del trabajo, en las condiciones laborales, en las estrategias familiares... 
Durante la media de hora de camino en coche, hablamos sobre el modo de enfocar la entrevista y acordamos hacerla de una manera muy abierta, porque probablemente Pura sea una buena candidata para un relato de vida y nos interesa tener ahora una panorámica general de su trayectoria laboral. También comentamos que, en nuestras conversaciones para concertar la entrevista, Pura siempre se ha mostrado muy dispuesta, no así su marido que parece desconfiar de nosotros… pero es sólo una impresión. Cuando llegamos a Abarán tenemos ciertas dificultades para encontrar la dirección a la que nos dirigimos, debido en parte a nuestro desconocimiento del municipio y, en parte, a la compleja trama urbana del pueblo, que parece haber crecido de manera anárquica.
Pidiendo orientación a los pocos vecinos que encontramos por la calle y con el GPS del teléfono móvil en la mano debemos resultar, cuando menos, una pareja peculiar. Por fin conseguimos llegar a la calle que buscamos y, tras aparcar el coche, llamamos por teléfono a nuestra informante, ya que no nos ha facilitado el número exacto de su vivienda.
-        Hola, buenas tardes, ¿Pura? – pregunto a su marido, que es quién contesta al teléfono.
-        No está, se ha ido a la peluquería con la nieta.
-        Es que… había quedado con ella – repongo con voz lastimosa.
-        Pues se habrá olvidado de que había quedado con usted, vuelva a llamar dentro de dos horas a ver si ha vuelto, adiós.

Primer plantón del trabajo de campo (y primer aprendizaje sobre las condiciones sociales de posibilidad del trabajo de campo): la sensación de que el marido de Pura no quiere que hable con nosotros. Reflexionamos sobre cómo en un pueblo donde todo gira en torno al almacén (no a los almacenes, sino a “el almacén”), es muy probable que encontremos reticencias por parte de los trabajadores a la hora de hablar con alguien que viene de fuera, de la Universidad, para preguntar por unas condiciones laborales que ellos saben plagadas de irregularidades. De hecho, en una de las conversaciones con Pura para concertar la entrevista ella me comenta “treinta años llevo en el almacén, lo mejor que me ha pasado en la vida”… parece querer fijar, con esta frase, los límites del discurso.
Decidimos buscar el bar donde hemos quedado para hacer entrevistas dos días más tarde.  Al llegar nos sentamos en la terraza, techada con una lona de plástico, en la que hay seis mesas ocupadas principalmente por gente joven, algunas por estudiantes que discuten sobre sus exámenes de alguna carrera relacionada con la economía. Mientras tomamos un café, haciendo tiempo para volver a llamar a Pura, llegan a la terraza un grupo de mujeres, todas ellas con una carpeta amarilla bajo el brazo.

Cuando ya nos disponíamos a marcharnos, nuestras vecinas sostienen una conversación sobre sus trabajos en los almacenes agrícolas, sobre quién ha trabajado más, sobre quién lo necesita más… Salvando la sensación de apuro, y dispuestos a no perder por completo la tarde, nos acercamos a la mesa. Les pedimos disculpas por interrumpirlas, por haber escuchado su conversación sin querer y les comentamos que somos investigadores de la Universidad de Murcia y que, precisamente, estamos estudiando sobre el trabajo agrícola en la zona. Se hace un silencio, las mujeres intercambian miradas rápidas entre sí. Le entregamos una tarjeta de visita a la más cercana a nosotros, la más locuaz, que coge la tarjeta y nos mira de arriba abajo, con una media sonrisa difícil de interpretar. “¿En el trabajo? –habla al fin– hemos retrocedido 30 años”. Ante tan contundente afirmación les preguntamos por qué aseguran que sus condiciones de trabajo han empeorado tanto. Tras unos minutos de breves comentarios, nos invitan a sentarnos y estamos hablando con ellas durante unos 45 minutos.
Las cinco mujeres reunidas rondan la cincuentena, las dos sentadas más cerca de nosotros son las más dispuestas a hablar, a veces en una sola conversación,  pero la mayor parte del tiempo en varias conversaciones que se solapaban, las otras tres mujeres fuman sin parar, interviniendo muy de vez en cuando. Nos cuentan que son trabajadoras de almacén, que han terminado la campaña de la uva en Navidad y que ahora están haciendo un curso de formación en una academia cercana porque “cuando no estamos trabajando nos formamos”. Eso es desde enero a finales de abril o comienzos de mayo, cuando no hay trabajo en la fruta ni en la uva.  Están haciendo un curso de ocio y tiempo libre para personas mayores, “así podré entretener a mi madre”, nos dice con cierta ironía una de las mujeres, que más tarde nos comenta que está cuidando de su madre, a la que han reconocido una ayuda por dependencia… inevitable pensar en Mingione y en la importancia que tienen las prestaciones públicas en la “agrupación de ingresos” de los hogares y, por tanto, en sus estrategias de supervivencia, sobre todo cuando los salarios no llegan todos los meses.

En relación al trabajo, aseguran que ahora hay menos porque han cerrado muchos almacenes y cooperativas, hacen un repaso de ellos, enumerándolos, hasta concluir que serían alrededor de unos veinte. Se trata de un dato importante, que habrá que contrastar en la investigación y que podría estar indicando un proceso de concentración y centralización de capital en las empresas más potentes del sector. Respecto a las condiciones de trabajo, nos dicen que han empeorado, que han perdido derechos, que ahora las han cambiado al régimen especial agrario y que se tienen que “pagar el sello”. Esta última información no coincide con lo que nosotros conocemos de la actual legislación. “¿Pero en Frutas Esther?” –preguntamos para saber si hablan de una empresa o de una cooperativa. La mujer se tensa, mira a izquierda y derecha para ver quién puede estar escuchándola y baja la voz: “sí, en Frutas Esther”. 

Las mujeres se quejan de la competencia que suponen para ellas tanto las trabajadoras inmigrantes como “las viejas”. Entramos aquí en un discurso con el que las mujeres fijan su posición, y sus avales, aludiendo a la cualificación laboral y el rendimiento en el trabajo, pero que moviliza, en última instancia, diferenciaciones étnicas y de edad.
Frente a las trabajadores migrantes, nos plantean, ellas realizan el trabajo con  más calidad y más rápido, son más cuidadosas a la hora de limpiar la uva y de colocarla en las cajitas. Limpieza y primor en un trabajo que conocen bien porque lo han hecho toda su vida. Un discurso de virtudes femeninas y cualificaciones tácitas, como nos recuerda Susana Narotzky al hablar del trabajo como ayuda, pero que ahora adopta el lenguaje del reconocimiento profesional: el trabajo en el almacén no es para ellas un trabajo que pueda hacer cualquiera, ni que se pueda hacer de cualquier manera y, en consecuencia, debería tener una remuneración acorde con sus habilidades. Como las trabajadoras migrantes no poseen esas cualidades, nos dicen, reducen sus salarios para poder competir en el trabajo, una competencia que ellas entienden como desleal y que degrada las condiciones de trabajo y el estatus de todas. Recordando algunas reflexiones recientes sobre la acción sindical en el sistema agroalimentario, podríamos plantear que este discurso representa una demanda de reconocimiento de las cualificaciones laborales como forma de contener las estrategias empresariales de movilización de un ejército de reserva que, en este territorio, tiene rostro no sólo femenino, sino también extranjero.

Frente a las trabajadoras “viejas”,  argumentan, ellas pueden mantener un ritmo de trabajo superior con la misma calidad. “Las viejas” son las mujeres que llevan más tiempo trabajando en el almacén, las primeras en ser llamadas y las últimas en abandonar el almacén, las que trabajan más días de campaña, porque son fijas-discontinuas;  en un trabajo estacional como el del manipulado de la fruta fresca, trabajar más o menos días no es una cuestión banal.
En estas apreciaciones se evidencian estrategias weberianas de cierre social (respecto a las trabajadoras inmigrantes) y de usurpación social (respecto a los “privilegios” que ostentan “las viejas” por su mayor antigüedad en la empresa) construidas sobre la movilización de diferenciaciones de edad, pertenencia etno-nacional y cualificaciones productivas.
Al volver sobre la degradación de las condiciones de trabajo, sobre todo con la crisis económica que ha puesto a la orden del día el “lo tomas o lo dejas” y el “es lo que hay”, nuestras interlocutoras nos hablan de su participación en las importantes luchas y huelgas de finales de los 80 y comienzos de los 90, en las que consiguieron mejorar sus salarios, sus condiciones de trabajo, el reconocimiento de las horas extras, la contratación como “fijo discontinuo” etc. Una de ellas, que fue subdelegada de UGT, nos relataba cómo reclamó recientemente los atrasos que le debía la empresa acompañada de un enlace sindical.
Para completar este puzle deslavazado nos dibujan, a grandes trazos, sus mapas familiares: madres y padres que cuidar, hijos que no tienen trabajo con 26 y 28 años y que permanecen en el hogar paterno, sin posibilidades de emanciparse. Una de ellas, con una hija en la universidad cursando un master, nos pregunta “¿tiene mi hija que dejar de estudiar ahora porque a mí no me den trabajo ahora?”. Estrategias de movilidad social truncadas por la crisis, pero también por un territorio que no parece ofrecer más opciones laborales que las del almacén.

Sus maridos no ganan más de 1000 euros. Algunos trabajan como escardadores en competencia de nuevo con migrantes que, afirman, cobran menos y hacen peor el trabajo. Otros se ocuparon en la construcción, pero desde el comienzo de la crisis de 2008, andan combinando trabajos para obtener una renta mensual decente. En los años de bonanza, incluso algunas de ellas abandonaron el trabajo en el almacén para trabajar en otros sectores o para dedicarse al trabajo doméstico, estrategias que implicaron renunciar a la antigüedad en el trabajo agrícola y que ahora las colocan en una posición menos favorable en su retorno al sector.
Ante un grupo de mujeres tan interesante, con un conocimiento y experiencias tan importantes de la realidad laboral y social del almacén de manipulado, intentamos establecer una forma de mantener el contacto para futuras entrevistas, en las que profundizar en los temas que, de una forma un tanto caótica, habíamos estado abordando. De nuevo las miradas rápidas, los silencios, la reticencia a darnos sus números de teléfono; de nuevo nuestra explicación de quiénes somos, de qué buscamos…  “Lo que nos digáis es confidencial, nosotros garantizamos el anonimato” –explicamos en un último intento desesperado por conseguir sus contactos. “Claro, es que si no te puedes meter en un lío” –dice la mujer que cuida de su madre. “Ya os llamamos nosotras” –dice la que cogió la tarjeta, guardándola en su bolso y zanjando así el asunto. Sólo una de ellas accede a facilitarnos su teléfono.

Satisfechos por el giro que ha tomado nuestra visita a Abarán regresamos al coche y llamamos de nuevo a Pura. “Todavía no ha vuelto de la peluquería”, nos dice el marido y cuelga el teléfono. Estamos en su calle pero no sabemos cuál es la casa, bromeamos con que el hombre está escondido detrás de unos visillos, espiando nuestros movimientos… bromeamos, pero la sensación es ésa. En el viaje de vuelta a Murcia comentamos lo interesante del encuentro y coincidimos, de nuevo, en las reticencias, incluso miedo latente, que se respiraba en algunos momentos de la conversación. Una de las mujeres nos había preguntado “¿Una entrevista dónde?, ¿en mi casa?, ¿en el bar?”… no nos conocen, no se fían de llevarnos a sus casas… pero tampoco quieren hablar de estas cuestiones en un sitio público, expuestas a oídos y miradas en un pueblo donde todos se conocen. Quizá deberíamos buscar un lugar donde ellas se sientan más cómodas, un espacio en el centro social, en alguna dependencia del ayuntamiento… habrá que pensarlo, no hay espacios neutros. La tarde nos ha enseñado que no será fácil ganarse la confianza de estas mujeres, hacerles hablar, pero seguro que será una tarea interesante. 


[1] Los nombres de las personas contactadas o entrevistadas son ficticios, con el fin de garantizar su anonimato.